Grullas en las dehesas de Hinojosa del Duque, en enero de 2019.
La grulla común o europea (Grus
grus) es una de las señas de identidad por excelencia de los paisajes
invernales pedrocheños, siendo más fáciles de observar en el seno de dehesas
viejas, con grandes claros entre los pies de encina. A diferencia de la cigüeña
común, que está con nosotros entre
febrero-marzo y septiembre-octubre, migrando hacia África para pasar allí parte
del otoño y el invierno, para las grullas esos terrenos cálidos en los que
pasar los meses más fríos son las zonas esteparias y semiboscosas del centro de
la península ibérica; en los meses cálidos del año, desde la primavera a
principios del otoño, viven en el Norte de Europa. Dice el refrán aragonés que
‘Para El Pilar llegan, y para San José no quedan’
Las grullas se reconocen fácilmente en vuelo por el sonido o trompeteo
que emiten, y porque aparecen a menudo ordenadas formando escuadras, con
aspecto de punta de flecha. Estos grupos
se hacen por supuesto mucho más espectaculares en el momento de la migración. Las
grullas son omnívoras y poseen una dieta muy amplia de vegetales, invertebrados
y pequeños vertebrados; en las dehesas de encina comen también bellotas, uno de
sus principales alimentos durante la invernada. Suelen desplazarse por ello
cada día a las dehesas desde los dormideros, que suelen ser zonas ribereñas en
ríos y humedales.